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jueves, 9 de septiembre de 2010

Siete años y miles de muertos


Por Roberto Montoya
Estados Unidos retira sus tropas de Irak.

“Esta noche anuncio que la misión de combate estadounidense en Irak ha terminado. La operación Libertad Iraquí ha acabado y el pueblo de Irak tiene ahora la responsabilidad principal de mantener la seguridad de su país.” Son las palabras que pronunció el martes pasado Barack Obama en su discurso a la nación, con las que daba por cumplida su promesa de retirar las tropas estadounidenses de Irak para agosto de 2010, hecha un año atrás. Muy a tiempo, porque quedan menos de dos meses para esas vitales elecciones en Estados Unidos en las que se elegirá a los 435 miembros de la Cámara de Representantes, a 100 miembros del Senado, a 38 gobernadores, más numerosos otros cargos locales.

“Los americanos que han servido en Irak han completado todas las misiones que les han sido encomendadas. Han derribado un régimen que aterrorizaba a su propio pueblo”, dijo Obama, elogiando nuevamente, como lo hizo al recibir el Premio Nobel de la Paz, que su país hubiera llevado a cabo lo que llamó “guerra justa”.
Las palabras del presidente de Estados Unidos recuerdan a otras, realizadas más de siete años antes. Exactamente fueron dichas el 1º de mayo de 2003, seis semanas después del inicio de los bombardeos e invasión de Irak por parte de Estados Unidos y Reino Unido. Las pronunció el entonces presidente George W. Bush, a bordo del portaaviones Abraham Lincoln, y vestido a lo Top Gun para la ocasión: “En esta batalla nosotros hemos luchado por la causa de la libertad y por la paz en el mundo. Nuestra nación y nuestra coalición están orgullosas por este logro. Sin embargo, esto es de ustedes, los miembros de las fuerzas armadas de Estados Unidos, que lo realizaron. Su coraje, su voluntad para enfrentar los peligros por su país y por cada uno de ustedes hizo que este día fuera posible”, les dijo Bush a los numerosos marinos presentes, bajo un gran cartel que rezaba: “Misión cumplida”. “Gracias a ustedes, el tirano ha caído e Irak es libre”, les dijo, y elogió a las fuerzas armadas estadounidenses por ayudar “a reconstruir Irak, donde el dictador construyó palacios para él en lugar de hospitales y escuelas para el pueblo”.

Entre uno y otro discurso transcurrieron siete años y cuatro meses. Un período en el que los bombardeos y los daños colaterales provocados por los ataques aliados, terminaron de completar la devastación de Irak que habían iniciado en 1991, con la Operación Tormenta del Desierto, durante la Guerra del Golfo.
Durante ese período de siete años y cuatro meses que separan los discursos de Bush y Obama, fueron destruidas más de la mitad de las escuelas y hospitales iraquíes, gran parte de sus puentes y carreteras, sus instalaciones eléctricas, su infraestructura.
Más de 100.000 civiles han muerto a causa de los ataques de Estados Unidos y sus aliados y la guerra sectaria interna desatada tiempo después del inicio de la invasión, sumándose a los otros cientos de miles muertos durante la Guerra del Golfo lanzada por Bush padre y los 12 años de cruel embargo que le siguieron.

Más de dos millones de personas vieron destruir sus hogares o huyeron de ellos a causa de la guerra, la mitad de los cuales buscó refugio en el extranjero.
La población iraquí se libró de un dictador pero se le destruyó el país, se desangró internamente, se le impuso un gobierno corrupto y autoritario, una Constitución retrógada donde la mujer queda más postergada que antes, donde las multinacionales de Estados Unidos y sus aliados se reparten el control de su economía, especialmente de su petróleo y de las grandes obras de reconstrucción.
Obama sabe bien que a pesar de haber retirado a 110.000 de sus hombres, ha dejado 50.000 soldados, tan de combate como los que se fueron. Porque la guerra sigue y en Irak mueren incluso todavía más personas que en Afganistán, a pesar de que se quiera presentar la retirada como una victoria de la democracia. Las tropas que quedan, en principio, estarán acantonadas en sus grandes bases y se ocuparán de instruir a los más de 600.000 hombres del ejército y la policía iraquíes pero está previsto que actúen en caso de que este se vea desbordado. Y lo tendrán que hacer.
Obama ha autorizado también la acción de al menos 7.000 hombres más enrolados en las “compañías de seguridad” contratadas por el Pentágono –eufemismo utilizado para referirse a los mercenarios– especializados en tareas de espionaje, localización y ejecución de enemigos.
Obama se esfuerza también por enterrar en el plazo prometido, fines de 2011, la otra gran guerra que heredó de Bush, la de Afganistán, pero sus propios generales y los generales iraquíes le repiten una y otra vez –aunque haya destituido ya a uno, Stanley McCrhystal, por decirlo públicamente– que si lo hace, el país volverá a caer en manos de los talibán. A casi nueve años del comienzo de la guerra de Afganistán, los fundamentalistas islámicos son más fuertes que nunca. Aplican sus leyes a sangre y fuego en grandes zonas del país, capitalizando políticamente el odio cada vez mayor entre la población hacia el corrupto gobierno de Hamid Karzai y sus temibles señores de la guerra, que son quienes controlan el suculento comercio internacional del opio.

La crisis financiera mundial, que afecta de lleno a Estados Unidos y a los aliados europeos que lo secundan en las guerras de Irak y Afganistán, afecta a los presupuestos militares de todos ellos y de ahí también su urgencia por reducir gastos y por empezar a llenar rápido las alforjas. Necesitan, eso sí, que exista un cierto control de la situación por parte de los gobiernos locales, al precio que sea, tanto para poder retirarse como para hacer negocios. Porque de eso se trata, que Irak aumente su producción actual de 2,4 millones de barriles diarios para que reporte más y más ganancias a las multinacionales que explotan su petróleo y que de Afganistán se pueda empezar a extraer pronto también petróleo y otros minerales.
Días atrás geólogos estadounidenses encontraron una bolsa equivalente a 1.800 millones de barriles entre las ciudades de Mazar-i-Sharif y Shiberghan, según Jawad Omar, portavoz del Ministerio afgano de Minas. Según este funcionario, en seis meses se empezarían a explotar también varias minas de oro, litio y otros minerales. Según The New York Times, esos hallazgos podrían hacer del mísero Afganistán “la Arabia saudí del litio”.

¿Se entiende por qué no se pueden comparar estos fracasos militares de Estados Unidos y sus aliados con la guerra de Vietnam como se hace a diario tan alegremente?
Retirarse gradualmente, como héroes, no supone en realidad irse de estos escenarios de guerra con las manos vacías, sin dejar las cosas atadas. ¿O acaso alguien creyó por un momento que los invasores pretendían liberar desinteresadamente esos países y dejar gobiernos democráticos y soberanos?.

lunes, 23 de agosto de 2010

Ochenta años de avances de la democracia estadounidense: De la silla eléctrica para anarquistas al asesinato selectivo de islamistas


por Agustín Velloso en Tlaxcala*

Hay gente que cree que el sistema político de Estados Unidos, como el económico, no ha hecho sino progresar con el paso del tiempo. Este país es considerado por otros el más rico y el más democrático. El mejor indicador de lo primero es que otros reconocen su primacía, buscan ser socios suyos y están dispuestos a hacer lo que les pida.

Su mayor éxito es haber conseguido que la gente piense que es el faro de las democracias mundiales. Tanto es así que además de ejercer una enorme influencia económica, se considera el campeón de la libertad y el garante de los derechos humanos en la tierra. Este engreimiento de una nación entera lleva a que sus gobernantes designen buenos y malos por doquier y a continuación lancen cruzadas y guerras sin fin contra éstos.

En la fecha de hoy se recuerda a los activistas anarquistas Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, emigrantes italianos en Estados Unidos, ejecutados en la silla eléctrica el 23 de agosto de 1927 tras un juicio farsa en el que fueron acusados y sentenciados por el asesinato de un pagador y un vigilante que no cometieron.

Cincuenta años después, en 1977, las autoridades revisaron el caso, concluyeron que hubo errores en el proceso y reconocieron que los ejecutados no tuvieron un juicio justo. Todo esto fue un nuevo teatro, no sólo por la tardanza y por considerar fallos lo que fue una persecución orquestada para acabar de forma ejemplarizante con la vida de dos activistas, sino porque hoy, pasados treinta años de ese reconocimiento oficial, los nuevos dirigentes del país han instaurado un sistema por el que ya no tienen que pedir perdón por crímenes similares que se están cometiendo en nombre de la democracia estadounidense.

El historiador Howard Zinn (http://howardzinn.org/), que ha reflexionado sobre este suceso y otros similares con mayor número de víctimas acontecidos en la historia de Estados Unidos, presenta a unos dirigentes sin piedad que llevan a cabo sus planes en beneficio propio y de los grandes capitalistas, en el nombre de altos ideales pero a costa de trabajadores, grupos étnicos y sociales minoritarios, opositores al gobierno y otras víctimas del sistema:

“El caso de Sacco y Vanzetti reveló, en sus condiciones más severas que las palabras nobles que se inscribieron sobre nuestros palacios de justicia, ‘Justicia Igual ante la Ley’, siempre han sido una mentira. Esos dos hombres, el vendedor ambulante de pescado y el zapatero, no podrían conseguir justicia en el sistema americano, porque la justicia no mide igual a pobres y a ricos, a nacionales o a extranjeros, al ortodoxo y al radical, al blanco y la persona de color. Y mientras la injusticia se da más sutilmente y de maneras más intrincadas hoy que en las circunstancias crudas de Sacco y Vanzetti, la esencia se mantiene igual.” (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=55254)

Es imposible no estar de acuerdo con Zinn. Él mismo recuerda un caso anterior que también se considera un hito de la injusticia: “¿Ha habido justicia en el sistema americano para los pobres, la persona de color, el radical? Cuando se sentenció a muerte a los ocho anarquistas de Chicago después de los altercados de Haymarket de 1886, no era porque había alguna prueba de la conexión entre ellos y la bomba arrojada en medio de la policía; no había ninguna evidencia. Era porque ellos eran líderes del movimiento anarquista en Chicago.”

Zinn, recientemente fallecido, mantendría hoy la misma valoración, ya que cien años después el periodista Mumia Abu-Jamal, dedicado a mostrar al público la violencia policial contra los grupos sociales minoritarios, fue sentenciado en 1982 a la pena capital, castigo que recurre desde el corredor de la muerte.

Afortunadamente para él, han aparecido a tiempo pruebas de su inocencia en el caso del homicidio de un policía en el que se le ha involucrado. Sin embargo, esta tregua no le ha evitado pasar encerrado 23 horas al día en una celda durante estos 28 años transcurridos, sin autorización para recibir visitas de sus familiares y con su correo personal ilegalmente abierto por las autoridades de la prisión. (Su caso en http://www.freemumia.org/)

Con la legislación antiterrorista y de seguridad nacional (Ley Patriota) en vigor por una parte y un ambiente social convenientemente manipulado a través del miedo a supuestos ataques terroristas por otro, los juicios farsa pasan a ser parte de un sistema judicial aún más viciado que anteriormente, así que los detenidos, condenados y ejecutados de hoy difícilmente pueden esperar justicia en esta vida y rectificación de errores en la futura.

Dos cuestiones llaman la atención al observar esta tendencia. Su relación con otras injusticias cometidas por Estados Unidos más allá de sus fronteras, así como la aceptación de aquellas y su efecto multiplicador en otros países.

Los vuelos secretos de secuestrados, las cárceles extraterritoriales, las torturas a prisioneros asesoradas por médicos y psicólogos, la detención durante años sin juicio y si éste llega, las sentencias con pruebas inválidas, las ejecuciones extra-judiciales y otros avances aportados por la democracia estadounidense al progreso de la humanidad, harían que Sacco y Vanzetti se sintieran afortunados de haber sufrido un calvario menor comparado con el de sus camaradas de lucha en la actualidad.

Al tiempo que se incrementa el control y la represión contra los que desafían al sistema dentro de las fronteras, se castiga sin restricciones de ninguna clase a los que se señala como enemigos de Estados Unidos. Para esto cambian la toga de jueces rectos por el uniforme de intervencionistas humanitarios y atacan a sus enemigos hasta aniquilarlos, daños colaterales –niños incluidos- al margen. En la jerga imperialista esto se denomina “devolverlos a la edad de piedra”, se supone que por comparación con la edad civilizada de los atacantes.

Lógicamente todo esto se hace en contra del sentido común, la moral e incluso la ley internacional; por eso se retuerce ésta hasta que diga lo que no dice, se adornan horrendas acciones con bellas palabras y semiente una y otra vez hasta que no queda nadie vivo ni valiente –o loco- para oponerse.

Los muertos, las violaciones de todo tipo y las mentiras son detalles menores a los ojos de los dirigentes de otros países, entre los que sobresalen los del nuestro, que se sienten tan identificados con esta nueva era de esplendor del derecho, que han colaborado en el éxito mundial del modelo democrático estadounidense.

Cuando no salen -o hacen escalas- esos vuelos desde nuestros aeropuertos, se envían soldados a colaborar en la guerra contra el terror en Afganistán y otros países; cuando no se acepta a excarcelados de Guantánamo, que permanecen aquí sin conseguir justicia ni reparaciones, sino en un limbo legal contrario a sus derechos humanos, se envía a agentes de los servicios de inteligencia a conferenciar, cooperar y estudiar con sus colegas al otro lado del Atlántico; cuando el presidente del gobierno no celebra entusiasmado el último premio Nobel de la paz regalado al Atila del siglo XXI (al parecer destacó el "interés altamente estratégico" del premio y dijo que los objetivos de Obama "son positivos para el mundo entero"), se pone a pergeñar una alianza de civilizaciones que no ha salvado la vida de un solo niño afgano, pero que le ha conseguido una foto más con el anticristo de la diplomacia mundial, el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon.

A la vista de lo que ocurre hoy se ve que la crueldad y el absurdo van en aumento desde los tiempos de Sacco y Vanzetti.

Zinn explica la situación de aquél momento:

“un tipógrafo llamado Andrea Salcedo que vivía en Nueva York fue secuestrado por los miembros del FBI (uso la palabra "secuestrado" para describir la detención ilegal de una persona), y retenido en la planta 14 de las oficinas del FBI del Edificio de Park Row. No le permitieron llamar a su familia, amigos, o a un abogado, y fue interrogado y agredido, según un prisionero compañero. Durante la octava semana de su encarcelamiento, el 3 de mayo de 1920, el cuerpo de Salcedo fue encontrado en el pavimento cerca del Edificio de Park Row y el FBI anunció que él se había suicidado saltando de la ventana de la habitación en que estaba custodiado. Fue dos días antes del arresto de Sacco y Vanzetti.”

Y relata la respuesta popular ante los dos asesinatos que estaban por venir:

“Miles se manifestaron, marcharon, protestaron, no sólo en Nueva York, Boston, Chicago, San Francisco, sino también en Londres, París, Buenos Aires o África del Sur. No era bastante. En la noche de su ejecución, miles se manifestaron en Charlestown, pero fueron mantenidos lejos de la prisión por una multitud de policía. Se arrestaron a los manifestantes. Había ametralladoras en las azoteas y grandes reflectores barriendo la escena. Una gran muchedumbre se congregó en Union Square el 23 de agosto de 1927. Después de medianoche, las luces de la prisión oscurecieron y los dos hombres fueron electrocutados.”

Así es, la manifestación de protesta de la gente no fue bastante para salvar a los dos anarquistas y lo mismo ha sucedido con los que han muerto desde entonces. Más de ochenta años y millones de crímenes después, salta a la vista por qué Sacco y Vanzetti empezaron a ir armados cuando se enteraron del fin de Salcedo y por qué las manifestaciones y las protestas no pueden contra las ametralladoras.