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domingo, 1 de julio de 2012

Por la autogestión y la desmercantilización; por Carlos Taibo


Dentro del movimiento del 15 de mayo --y dentro de otras muchas iniciativas-- hay, si así se quiere, dos grandes posiciones. La primera entiende que el cometido principal del movimiento estriba en elaborar propuestas que se espera sean escuchadas, en un grado u otro, por nuestros gobernantes. La segunda, muy  diferente de la anterior, aspira, antes bien, a crear espacios de autonomía en los cuales procedamos a aplicar reglas del juego diferentes de las que nos impone el sistema que padecemos. Y a hacerlo, por añadidura, sin aguardar nada de esos gobernantes que acabo de mencionar.
   
Mi impresión es que la segunda de las posiciones ha ido ganando terreno en el 15-M. No se olvide al respecto que el panorama general en lo que hace a ganancias de la mano de la primera de las perspectivas enunciadas es manifiestamente  desalentador. Claro que no sólo se trata de eso: hora es ésta de recordar que en una de sus matrices principales el movimiento del 15 de mayo nació, un año atrás, al amparo de un propósito expreso de cuestionar un sistema seudodemocrático en el que al cabo, y de siempre, son los grandes poderes económicos los que dictan las reglas del juego. Sobre esa base estaba servida la conclusión de que, aun siendo comprensibles las demandas de reforma de ese sistema que formulaban muchos sectores del 15-M, la inercia del movimiento conducía muy a menudo a lo que cabía entender que era una apuesta por la construcción de un orden distinto y plenamente autónomo.  
 
No está de más que proponga dos ejemplos que permiten perfilar el escenario de la discusión. El primero remite a la muy extendida petición, que algunos asimilan sin más con el 15-M como si una y otra realidad se solapasen, de reforma de la ley electoral. Supongamos, que es mucho suponer, que los dos grandes partidos aceptan la reforma en cuestión y que ésta tiene un perfil saludable. ¿Qué cambios profundos cabe augurar que se derivarían de ello? La posibilidad de que PP y PSOE perdiesen una parte, sin duda menor, de los escaños de los que hoy disfrutan en el parlamento, ¿modificaría sustancialmente la realidad que palpamos en estas horas? ¿No es lamentablemente ingenuo suponer que una reforma de la ley electoral va a resolver alguno de nuestros problemas principales? 
 
El segundo ejemplo que me interesa rescatar es el de la propuesta de creación de una banca pública. No se trata ahora de discutir el buen o mal sentido de tal propuesta. Se trata de preguntarse, antes que nada, cuánto tiempo podemos aguardar para que se perfile esa fórmula de banca. Lo diré con un punto de ironía: ¿cuánto tiempo habrá de transcurrir para que Izquierda Unida cuente con 150 representantes en el Congreso de Diputados? ¿Podemos permitirnos esperar hasta entonces o, como me temo, los deberes son mucho más acuciantes e imperativos? Mal haríamos en olvidar que la gestación de una banca pública reclama inexorablemente del concurso de partidos, parlamentos y leyes, o, lo que es lo mismo, exige el beneplácito de fuerzas políticas y de grupos de presión que apuestan con descaro, apoyados en las mayorías, por otros horizontes. Y ojo que no cabe en modo alguno descartar que populares y socialistas acaben por perfilar una banca pública con cometidos bien diferentes de los que, cargados de respetables buenas intenciones, pretenden asignar a aquélla nuestros economistas socialdemócratas de bandera. 
   
Ante el panorama que acabo de mal retratar de la mano de los dos ejemplos propuestos, ¿no es mucho más hacedero y realista el proyecto que nos invita a construir desde abajo un mundo --unas relaciones económicas y sociales-- nuevo y desmercantilizado? No estoy hablando, por lo demás, de un proyecto etéreo. Las realidades correspondientes ya están ahí. Pienso en los grupos de consumo que han proliferado en tantos lugares, en las perspectivas que surgen de las cooperativas integrales, en las ecoaldeas e instancias similares, en los bancos sociales que rehúyen el lucro y el beneficio o, por cerrar aquí una lista que bien podría ser más larga, en el incipiente movimiento que plantea el horizonte de la autogestión por los trabajadores en el caso de muchas empresas amenazadas de cierre. En todas estas iniciativas lo que despunta es un esfuerzo encaminado por igual a rechazar la delegación del poder en otros y a alentar la práctica de  la socialización sin jerarquías, las más de las veces sobre la base de postulados antipatriarcales, antiproductivistas e internacionalistas. ¿No empiezan a acumularse los argumentos para sostener que el viejo proyecto libertario de la autogestión generalizada es, no sin paradoja, mucho más realista que aquel otro que, al amparo de la vulgata socialdemócrata de siempre, todo lo hace depender de partidos, leyes y parlamentos? 
   
A menudo me encuentro a personas que, con argumentos respetables, subrayan que las dos opciones a las que me refiero en este texto no son incompatibles. Lo aceptaré de buen grado: no tengo por qué concluir, en particular, que quien legítimamente pelea por reformar la ley electoral es hostil a la gestación de espacios de autonomía no mercantilizados (y viceversa). Creo, sin embargo, que lo suyo es subrayar que esas dos opciones no sólo remiten a objetivos y métodos diferentes: se materializan también en proyectos organizativos distintos. Mientras en el primer caso el movimiento en que se concretan no es sino un instrumento al servicio de un proceso que debe discurrir fuera de él, en el segundo --el de los espacios de autonomía-- ese movimiento se convierte, de la mano de la asamblea, de la democracia directa y de la autogestión, en objeto con vida propia que, cabal y autosuficiente, no precisa de representaciones externas. De cara al futuro, y por su dimensión de demostración de que es posible hacer las cosas de forma diferente, parece que esta última es una apuesta más inteligente.

jueves, 10 de mayo de 2012

EL TRIBUNAL SUPREMO VIOLA EL DERECHO INTERNACIONAL


 por José Manuel Martín Medem

Amnistía Internacional acumula argumentos contra los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) para demostrar que “España está incumpliendo sus obligaciones internacionales respecto al derecho a la justicia de las víctimas y al deber de investigar los crímenes de derecho internacional cometidos durante la guerra civil y el franquismo”. Y anima al poder judicial argentino a “continuar la investigación sobre los hechos atroces de genocidio y/o lesa humanidad durante dicho periodo”.

En su informe Casos cerrados, heridas abiertas, denuncia que “no se garantizan a las víctimas (y a sus familiares) de la guerra civil y del franquismo los derechos humanos relativos al acceso efectivo a la justicia que incluye la obligación del Estado de investigar, el derecho a saber y el derecho a una reparación”. 

AI reclama al gobierno y al Parlamento la anulación de la ley de amnistía, añadiendo que el poder judicial “debe confirmar en sus fallos que los crímenes de derecho internacional no se hallan sujetos ni a amnistía ni a prescripción”.
La organización de defensa de los derechos humanos considera que el archivo de las denuncias “se ha basado en criterios contrarios al derecho internacional” y acusa al Tribunal Supremo de imponer “una incorrecta interpretación del principio de legalidad penal, de la prescripción, de la ley de amnistía y de la ley de memoria histórica”. 

El TS, sostiene AI, “debería rectificar y realizar una interpretación del principio de legalidad conforme al derecho internacional”.
En relación con la querella tramitada en Argentina (que se argumenta por “la denegación de justicia en España”), AI defiende la aplicación de la jurisdicción universal porque “la alegación de la fiscalía española de que se están investigando los crímenes de lesa humanidad no se ajusta a la verdad de los hechos”.

sábado, 3 de marzo de 2012

Se lo debemos a Mika

(Habida cuenta que se trata de una carta personal, ha sido publicada con la previa autorización y con el expreso deseo, tanto del destinatario como del remitente)

Querido Arnold Etchebehere:


He leído tu correo rebotado con las palabras encendidas, y no faltas de razón, de una amiga tuya.

He acabado de leer "La Capitana"; lectura que acometí con interés, y francamente me esperaba otra cosa. Creía que la autora había conocido personalmente a Mika y no fue así. Pero tampoco sus pesquisas documentales ayudan a construir su biografía.
Elsa Osorio ha tenido acceso a los cuadernos de notas de Mika que le pasaron los amigos de París y ha recabado testimonios que podrían haber sido muy valiosos pero que, desde mi punto de vista, han sido desaprovechados. Se ha ido por las ramas. Digamos que ha podido más el esteticismo, es decir, la voluntad de hacer una 'obra´ (novela), que la de reconstruir un pedazo de Historia. El resultado es un texto superficial que aporta muy poco sobre lo ya sabido y publicado de Hipólito y Mika. Los capítulos que relatan la vivencia de Mika en la guerra civil están prácticamente calcados de sus memorias, como todo lo relativo al periodo de Berlín, reproducido de la crónica de Juan Rústico. Es decir, no dice nada más -o muy poco y escasamente relevante- de lo que ya habían narrado Hipo y Mika. Recuerdo que transcendió hace tiempo cierta polémica a propósito de un caradura que pretendía justificar el plagio como interliteralidad o con un neologismo parecido. No quiero decir que sea el caso de Elsa Osorio, pero esperaba que los capítulos sobre Mika en la guerra, como el resto de la biografía, tuvieran más enjundia.

Por otro lado, en lo que hubiera sido una aportación novedosa: los capítulos nutridos de los testimonios, predomina lo anecdótico; lo cual, a pesar de las buenas intenciones de la autora en cuanto a identificación con la biografiada y su experiencia vital y política, acaba por trivializar el relato y el propio retrato de Hipo y Mika. La apasionada relación de la pareja, los rasgos de carácter de ambos, etc., quedan reflejados al principio de la obra y no sé hasta qué punto pueden resultar innecesariamente reiterativos a lo largo del libro. Desde luego, esos aspectos íntimos, personales, dan juego en cuanto a la dimensión novelesca del relato, pero trivializan el resultado, en cuanto al rigor historiográfico, precisamente por el peso que adquiere en el conjunto el componente melodramático. Tengo mis dudas sobre la viabilidad de la narración novelada de episodios históricos, y muy especialmente, cuando se trata de figuras y momentos históricos tan complejos como los que resumen la experiencia vital de Hipo y Mika. Por decirlo en pocas palabras, me pregunto hasta qué punto la técnica de la novela contribuye a la falsificación o tergiversación del hecho histórico o de la vida de alguien, independientemente de las buenas intenciones de quien acomete el relato. Eso sin contar con la utilización de recursos propiamente novelescos, como algunas descripciones, detalles, circunstancias, etc., que no contribuyen en nada sustancial a la dimensión documental, testimonial, de la biografía y que, sin embargo, pueden inducir equívocos, ficciones y ambigüedades donde se mezclan realidad y verosimilitud. Lo que es muy legítimo en el relato novelado no lo es, en mi opinión, en el historiográfico. Además, esa vía de la ficción historiográfica de un acontecimiento o de alguien que se halla en el ámbito de lo histórico y fehaciente, entraña servidumbres que tienen que ver con la industria y el negocio editorial y que, a fin de cuentas, inciden sobre la obra en un sentido distorsionador. Me refiero a algunos episodios y personajes (Ethelvina, Jan Well/Kolzov o l'affaire Ilse/Hipo, por ejemplo). Son pasajes que, sin duda, responden a necesidades del producto, a facilitar su viabilidad en el mercado, como cualquier editor profesional sabe y recomienda. Pero se trata de recursos manidos, tópicos del género, trucos de mercadeo, en fin, si bien hay que reconocer que Elsa Osorio ha tenido la precaución de no cargar las tintas en ese aspecto.

Como la propia Elsa Osorio reconoce, la problemática de la guerra civil española, el POUM, la represión estalinista, el trotskismo, etc., entrañan una complejidad que supera sus posibilidades y eso se nota, desgraciadamente, en el texto, no porque incurra en errores de bulto o afirmaciones descabelladas, sino porque no aporta nada sustancialmente nuevo en lo que se refiere a la biografía de Mika y su tiempo (su contexto). Es decir, a mi modo de ver, se nota demasiado el déficit historiográfico; y si es debido a que Elsa Osorio considera que no hay mucho más que decir, entonces tendría que haberlo explicado ya que ha tenido acceso a documentos y testimonios hasta ahora inéditos.

Con todo, es una lástima que el trabajo de investigación desarrollado por Elsa Osorio no le haya permitido llenar al menos algunos de los ¿vacíos? biográficos de Mika. Por ejemplo, nos habla en diferentes pasajes de reuniones, discusiones, pero apenas sabemos algo, y de forma muy genérica- del contenido de esas discusiones y disensiones; de cuáles eran las actividades, relaciones, opiniones de Mika durante los años posteriores a la guerra civil; de cuál su evolución política.
Se echa de menos la indagación entre los testimonios acerca de con quiénes se relacionaba, más allá de los nombres mencionados, -e incluso con éstos (Cortázar, los surrealistas, etc.,)-, cuáles eran sus discusiones; si había intentado contactar en el exilio con algunos de sus antiguos compañeros de armas (Mera, exiliados del POUM, etc.) y, tanto si lo hizo, como si no, por qué, qué seguimiento hizo de la dictadura franquista, etc. Tampoco indaga en la discrepancia existente, a propósito de su liberación, entre las memorias de Mera y las declaraciones de la propia Mika en una grabación.

En fin, después de leer La Capitana tampoco se me despejan las dudas que tenía acerca de qué hizo Mika en los casi dos años que permaneció en España, desde que se "sumerge", después de su detención, hasta el final de la guerra, (¿estuvo realmente refugiada en el Liceo Francés durante todo ese tiempo?, ¿se mantuvo adscrita a la Brigada Mixta 70 hasta los días de la Junta de Casado?), ¿y su vida político-social en París hasta su muerte?, ¿cuáles fueron sus opiniones al hilo de la actualidad?, etc. A lo mejor la correspondencia tuya con Mika puede arrojar alguna luz al respecto.
Por supuesto, habrá quien se consuele con que quizás esta obra despierte el interés por Mika, Hipo y sus actividades, y por su significado en la lucha. ¡Ojalá¡, aunque siempre queda esa cuestión de fondo de la que autores, editores y demás actores del mercado cultural no quieren darse cuenta: que la forma es el fondo, que el tema determina la forma. Y en este caso, la forma novelesca no se ajusta a un tema que creo exige otro tratamiento. Quizás habría sido mejor si hubiera seguido el consejo de su amigo, cuando le decía que escribiera ya, sin más indagaciones, un relato de ficción. Creo que habría sido mejor si hubiera inventado un personaje, atribuyéndole las características y circunstancias de Mika, pero sin la pretensión biográfica, testimonial.

Por otro lado, hay una buena noticia. He hablado con el editor de Pepitas de Calabaza y está interesado en hacer una nueva edición de las memorias de Mika. (En realidad, el único que tiene legalmente los derechos sobre la obra).¿Qué te parece? Crees que vale la pena que lo incite a que tire para adelante con la idea de hacer una nueva edición, ampliada con fotos, la carta de Cortázar y otros documentos. Por mi parte, me comprometo a ampliar la nota biográfica que hice para la edición de Alikornio con los hallazgos que, por lo visto, Elsa Osorio no ha encontrado o no ha tenido en cuenta. El editor vendrá dentro de unos meses a Barcelona y quiere que preparemos la edición a partir del material de que dispongo. Por supuesto, en su momento, una vez hecha la selección del material, te lo comunicaré pues tú tienes la última palabra. Pero, bueno, ya lo iremos hablando. Por el momento, salud y un fuerte abrazo.

Carlos García